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La fuga del Fuerte de San Cristóbal
La Fuga del Fuerte de San Cristóbal fue una de las mayores evasiones carcelarias de Europa y, al mismo tiempo, una de las más desconocidas. Ocurrió el 22 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, cuando cientos de presos republicanos intentaron escapar del penal.
El fuerte se alzaba en la cima del monte Ezkaba, al norte de Pamplona, y servía como fortaleza militar durante las guerras carlistas. En 1934 fue reconvertido en prisión, llegando a albergar cerca de 3.000 reclusos en unas instalaciones pensadas para apenas 350.
La mayoría de los presos eran republicanos, procedentes sobre todo de Navarra y Galicia. La dureza del penal lo convirtió en uno de los centros penitenciarios más temidos de la zona sublevada. Vivir allí significaba resistir en un auténtico infierno con condiciones extremas.
Aprovechando que era domingo y que muchos carceleros estaban cenando y desarmados, una veintena de presos puso en marcha el plan de fuga. Cerca de 795 reclusos salieron del fuerte y se dispersaron por el monte, mal vestidos y sin provisiones. El desconcierto fue total y cada uno huyó como pudo.
La reacción de las autoridades fue inmediata y brutal. Se organizó una auténtica cacería humana: de los 795 evadidos, 585 fueron capturados de nuevo y 207 murieron abatidos durante la persecución o fusilados posteriormente.
Solo tres presos lograron alcanzar la frontera francesa. El precio de la libertad fue altísimo, y muchos supervivientes reconocieron después que la huida fue casi suicida. Tras la fuga, catorce de los diecisiete organizadores fueron condenados a muerte y fusilados públicamente en Pamplona.
Décadas más tarde, se localizaron fosas comunes con restos de algunos de los asesinados, aunque todavía quedan muchos cuerpos por recuperar. Hoy, la fuga del Fuerte de San Cristóbal simboliza la desesperación, la represión y la lucha por la libertad en uno de los episodios más trágicos del franquismo.
