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La política penitenciaria en el franquismo
Tras la Guerra Civil, las cárceles se convirtieron en una pieza fundamental de la represión franquista. Miles de personas vinculadas a la República o consideradas contrarias al nuevo régimen fueron encarceladas.
La prisión no perseguía únicamente el cumplimiento de una condena. También funcionó como instrumento de castigo, control político y transformación ideológica, prolongando la represión más allá del final de la guerra.
El hacinamiento, el hambre, la falta de higiene y las enfermedades marcaron la vida de muchos presos y presas. Las mujeres encarceladas sufrieron además formas específicas de humillación, control moral y violencia.
A través del Sistema de Redención de Penas por el Trabajo, numerosos presos fueron destinados a minas, obras públicas y tareas de reconstrucción. Trabajar podía reducir la condena, mientras proporcionaba mano de obra barata al régimen y otras entidades beneficiarias.
La represión penitenciaria alcanzó también a quienes se alejaban de la moral impuesta. En 1954, el franquismo modificó la Ley de Vagos y Maleantes para incluir la homosexualidad entre las categorías consideradas socialmente peligrosas.
La Colonia Penitenciaria Agrícola de Tefía, en Fuerteventura, fue uno de estos espacios. Entre 1954 y 1966, sus internos sufrieron un régimen severo marcado por trabajos físicos, hambre, malos tratos y humillaciones.
